Capítulo 15: Algunas Apreciaciones sobre el Concepto de Realidad.

“No todo lo que parece ser, es, y no todo lo que es, aparece…”

 

En este capítulo realizo algunas reflexiones, un poco entremezcladas y dispersas, a propósito del concepto de realidad, como un preludio a la tarea de comenzar, a futuro, el intento de profundizar con más ambición y detalle, el estudio de un tema especialmente complicado, como resulta ser el poder discernir de mejor forma qué es “realmente” lo real y lo irreal, lo “concreto” y “lo imaginario”, lo “objetivo” y lo “subjetivo”, conceptos que en una primera aproximación parecen aclaratorios, pero que cuando analizamos con más determinación, comienzan a desnudar todas sus limitaciones, e incluso, posiblemente, su intrínseca falsedad.


Como antecedente de estas reflexiones, recomiendo haber leído los capítulos previos, y, entre ellos, especialmente el capítulo anterior “La Naturaleza Etérea de la Mente”.

El cerebro humano es un representador del mundo y un constructor de conceptos y “realidades”.

Constituye así una “máquina de realidad virtual” que nos permite coexistir e interactuar, cada vez de forma más incisiva e influyente -”para bien y para mal”- con el mundo del cual formamos parte.

Estos conceptos y “realidades virtuales” le brindan a las personas dueñas de esos cerebros ciertas bases más o menos confiables en las cuales poder afirmar su existencia y su capacidad de interacción con el mundo inanimado y con los demás seres vivos.

Lo anterior es imprecindible para que cada persona pueda alcanzar ciertos márgenes de confianza respecto de su existencia presente y su futuro. El pasado, por su parte, constituye el parámetro de comparación, respecto de lo que ha de venir, mejor o peor.

Qué tiene que ver lo anterior con la “realidad verdadera”? Poco, nada o mucho, según cual sea la perspectiva y la calidad del análisis que seamos capaces de realizar, pero probablemente nunca “todo”.

El concepto más ambicioso imaginable: “exacto, perfecto y total de realidad” al que podemos aspirar nunca podrá pasar de ser una utopía, dado que somos seres biológicos en proceso de adaptación permanente a un mundo que contiene una infinidad de variables, las cuales son muchas más que las que este proceso adaptativo nos ha permitido llegar a percibir, conocer y manejar.

Esto a pesar de que indirectamente, en base al avance científico y tecnológico, hemos ido siendo capaces de conocer y manejar objetos materiales desproporcionadamente grandes y pequeños en relación a nuestro cuerpo, y manifestaciones de la energía cuya existencia y utilidad hemos podido llegar a descubrir, conocer, comprender y controlar parcialmente, pero cada vez más y mejor, por medio del desarrollo de instrumentos y procedimientos que nos han permitido reemplazar hasta un cierto punto, nuestra incapacidad natural de manejar directamente esas variables.

Como ejemplo de lo anterior podemos citar el uso de la electricidad, como fuente de iluminación, y aún antes, como base del primer sistema de telecomunicación por cable eléctrico: el telégrafo. Más tarde, con el progresivo conocimiento, control y uso de las ondas electromagnéticas, vino la radio y la televisión. Con la revolución digital, los computadores y la internet, la cual a esta altura ya está constituyendo una semblanza, para el planeta Tierra, aunque de forma muy primitiva aún, de lo que es la mente para los animales, y su máxima expresión conocida, la mente del humano.

Así, con la internet, el planeta Tierra tiene hoy algo que antes no tenía, cual es un proceso electrónico (energético), que, como si quisiera imitar una red neuronal, brinda la capacidad a sus habitantes humanos de contar con una permanente comunicación e interacción. Es como si el planeta estuviera desarrollando su propio cerebro neural, y con él una cierta “capacidad mental”, en base al avance tecnológico de seres que han sido capaces de crecer y desarrollarse, desde todo punto de vista, en su superficie.

La capacidad del cerebro humano que hace posible esta adaptación “moderna”, científica y tecnológica, que conocemos y disfrutamos hoy en este siglo 21 es la expresión más elevada del proceso evolutivo del ser humano, y está basada en entidades, capacidades y procesos que trascienden lo biológico-material.

La clásica disquisición, que muchas veces alcanza ribetes muy emocionales y hasta revanchistas, de oponer “lo humanista” a “lo científico”, terminará por perder toda relevancia, en la medida que el avance del conocimiento humano logre aquilitar en su verdadero valor y trascendencia la idea de que lo mental es un proceso energético asentado en lo material, que tiene potencialidades infinitas en cuanto a generar interpretaciones conceptuales del mundo, las cuales seguirán dotando al ser humano de capacidades cada día más poderosas en su permanente ambición de comprenderlo y manejarlo “todo”.

Incluídos en este “todo” están no sólo los elementos del ámbito material, sino del ámbito energético, espiritual, social y cultural, muy probablemente en todas sus manifestaciones, conocidas y por conocer.

Porqué la idea de reproducir el cerebro humano por medio de una máquina no biológica mueve al escepticismo a muchas personas, y de hecho es algo que probablemente nunca podrá ser logrado? Ello reside en que en una máquina falta una condición esencial que caracteriza a los seres biológicos, falta esa voluntad que los apremia y los mueve, ese “deseo de vivir y hacer”, presente ya en los seres unicelulares más simples, y que en caso del humano alcanza una espiritualidad muy potente y muy compleja. Tan potente y compleja como son la arquitectura neuronal y funcionamiento de las redes neurales del cerebro, que recién estamos en condiciones de empezar a estudiar.

Esa motivación, cuyo origen y caracterización estamos comenzando a escudriñar, sólo existe en los seres vivos, y es transmitida de padres a hijos, pero nunca ha podido ser “creada de la nada” por el humano. Es connatural a la esencia de la vida, emanada del “soplo divino del creador”, según los religiosos, y de origen hasta el momento inexplicable para agnósticos y ateos.

Es en esta espiritualidad, en esta voluntad, en la capacidad de gozar y sufrir, de esforzarse para “pasarlo mejor que peor”, que en el humano llega a los niveles más elevados, en base a la cada vez mayor capacidad de conciencia (que implica autoconciencia y conciencia indirecta de las conciencias de los demás) que el humano alcanza su expresión más elevada.

Así, esta espiritualidad que nos es propia nace de la esencia del ser biológico, constituyendo en su origen y alcance potencial un misterio hasta ahora insondable. Esta espiritualidad, que contiene toda nuestra autopercepción y emocionalidad, es, finalmente, lo que le da verdadero sentido a nuestra existencia, siendo la capacidad de “percepción de realidad” en permanente contraste con “el mundo imaginario de las ideas y conceptos”, (pero no por ello menos “real”), el instrumento que le permite alcanzar todo su significado, no obstante lo extremadamente limitado e imperfecto que este instrumento ha demostrado ser a nivel colectivo e individual, a través de la historia.

Así, debemos comprender y asumir, aunque nos cueste, que debemos abandonar las viejas rencillas que perpetúan el antagonismo y la rivalidad entre lo científico y lo humanista, entre lo material y lo mental, entre lo tecnológico y lo espiritual.

Algunos se preguntarán, entonces, dado todo el avance y progreso del conocimiento humano, por qué seguimos interpretando el mundo y su “realidad”, cada uno de formas tan diversas, y muchas veces tan opuestas, que provocan discusiones, rencillas, conflictos, violencias y guerras?
Ello también está en la esencia de los humanos, en la necesaria diversidad de apreciación del mundo, originada en nuestro cerebro primario, que nos hace “sentir y apreciar todo” a cada uno de una manera propia y única, tal como hemos señalado con insistencia en nuestra Teoría de la Conducta Humana.

No obstante lo anterior, el balance general siempre es positivo, la cultura y la civilidad del humano están en contínua expansión y fortalecimiento, por mucho que el camino sea lento y penoso.

Todos los componentes de nuestro mundo y nuestra existencia son necesarios y complementarios, se potencian mutuamente, y nos permiten avanzar en la cruzada del conocimiento, la más importante del ser humano.

Ello sin olvidar, al mismo tiempo, que esa cruzada alcanza toda su relevancia y significación sólo porque está al servicio de nuestro espíritu, que siendo inmaterial es, no obstante, lo más “real” e importante que tenemos.

Jorge Lizama León
Junio, 2012.

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