Capítulo 12: Hombre, Dios, Ciencia y Religión.

La idea de dios aparece muy temprano en la evolución del hombre. Tribus y pueblos muy primitivos en diversas partes de la tierra han incluído en su cultura la idea de uno o varios dioses como elementos muy significativos.

Estos dioses han sido invocados típicamente con el objeto de que participen muy directamente en todas las actividades humanas de importancia.

Desde luego en proveer salud, buena fortuna y resultados propicios en la caza, en el brindar climas favorables y buenos cultivos, en el permitir la organización de matrimonios y familias exitosas, resultados favorables en la guerra, etc etc.

Asegurarse el “favor” de estos dioses sin duda ha tenido capital importancia, y de especial preocupación ha sido el mantener conductas que no los irriten. Si éste hubiera sido el caso, la rendición de tributos y la realización de sacrificios para aplacar su ira, recuperando su favor, han sido acciones humanas muy repetidas a través de la historia en un enorme número de culturas, y aún hasta hoy, con modalidades y expresiones muy diversas.

Una condición de gran relevancia ha sido el asignarles a estos dioses gran poder y clarividencia, omnipresencia, y elevado sentido de justicia.

Cuales conductas humanas debieran ser las apropiadas y del agrado de los dioses eran materias que se originaban en los usos y costumbres de cada tribu, en general apuntando hacia lo que se consideraba el bien común de cada organización social.

La existencia de brujos, machis, y posteriormente sacerdotes tribales, que tenían una comunicación más directa con los dioses, tomó gran importancia, puesto que suponía una ventaja adicional para ser merecedores de los favores divinos.

Desde la aparición de culturas más complejas y exitosas en la paz y en la guerra, como los griegos, macedonios y romanos, se comenzó a establecer una organización cada vez más elaborada en la relación del hombre con el o los dioses.

Así aparecieron las religiones, entre las que destacaron aquellas que tomaron carácter oficial.

El judaísmo, las distintas expresiones del cristianismo y el islam, han tenido una proyección de enorme trascendencia en todo el mundo, siendo su presencia menor sólo en algunos países del extremo oriente.

Hasta fines de la edad media en el mundo occidental, la religión tuvo una participación enorme y sin contrapeso en temas sociales y morales, en la educación, e incluso en la organización del estado y en la politica.

Hasta el día de hoy, esta participación e influencia son muy fuertes en el mundo cristiano e islámico.

Con estos antecedentes, podemos apreciar que desde sus orígenes, la idea de dios que ha primado históricamente es la de un ser muy poderoso, protector y juez, y creador de todo lo conocido.

Podríamos asimilarlo a la figura de un padre ideal.

Con la aparición de los filósofos griegos, cuyo pensamiento fue capaz de cuestionar algunas de las “verdades reveladas” de las religiones, y posteriormente, con el resurgimiento de muchas de esas ideas en el renacimiento, y con el desarrollo cada día más extendido y potente de la ciencia y la tecnología en el mundo occidental, comenzaron a aparecer pensamientos rivales de las religiones tradicionales que se hicieron crecientemente más extendidos y poderosos. Estos pensamientos fueron reclutando cada día más personas capaces de abdicar total o parcialmente y en forma pública, de su sometimiento, espiritual, mental y conductual, a la religión propia de su cuna familiar.

Desde el renacimiento, en su afán de comprenderse a si mismo, al mundo (planeta tierra) que lo rodea y al universo en su totalidad, un número creciente de seres humanos ha empezado a apostar más por la ciencia y la tecnología como medios para adquirir conocimiento “verdadero”.

Así comenzó a originarse la disparidad de visiones sobre quien es más verdadero y poderoso.

Aquel Dios con la figura de un padre misericordioso, protector, que respondía a la buena conducta, invocaciones y sacrificios, comenzó a perder terreno.

Los países que deasarrollaron más ciencia y tecnología, especialmente los europeos occidentales y los Estados Unidos de America mostraron una capacidad de desarrollo intelectual y técnico cada día más avasalladores, y crearon condiciones de vida e instrumentos de guerra muy superiores a cualquier otro.

Así, la ciencia y tecnología pasaron a ser los motores del mundo moderno.

La aparición de científicos-filósofos de la talla de Darwin y Einstein, (que destacan especialmente entre muchos otros) y su obra, dieron prueba, para muchos ya irrefutable, de que existía una fórmula aún más eficiente, adecuada y potente para comprender y dominar al mundo y al resto de los humanos, que las religiones en su expresión más tradicional. (Ello sin duda constituye al menos en parte un acto que obedece a la soberbia y a la desinformación).

En el mundo de hoy, no obstante el dominio de la ciencia y tecnología que nos invade y hasta nos abruma, la necesidad de un dios “responsable” de la creación del mundo y del hombre, no puede ser totalmente desechada. (y probablemente no lo será nunca).

Tanto Einstein como el astrofísico Hawking (al menos aparentemente hasta su última publicación, próxima a aparecer), habían logrado conciliar su pensar y quehacer netamente filosófico y científico, con una idea de dios bastante más evolucionada y por cierto muy distinta de aquella del “padre protector, creador de este cielo y esta tierra que tuvo por propósito último y fundamental el de ubicar en ella a su máxima creación: este hombre”.

Esta idea “moderna” de un dios que podría llegar a ser indistinguible de la creación misma, naturaleza, universo, o como queramos llamarla, tiene la virtud de no presentar oposición a los descubrimientos científicos, puesto que lo creado por dios (o dios mismo) es exactamente como es, y está ahí para que lo descubramos.

Sin embargo, al mismo tiempo presenta debilidades: desaparece la intencionalidad o existencia de un propósito definido, que conlleva un contenido valórico y moral que para muchos humanos es condición imprescindible de aceptación.

De qué depende que las distintas personas, enfrentadas a este problema, tomen tal o cual posición, se embarquen en verdaderas cruzadas defendiendo sus particulares puntos de vista, o, con otra perspectiva, consideren estos temas absolutamente irrelevantes y carentes de todo interés?

La respuesta a esta pregunta nos la puede entregar nuestra “Teoría de la Conducta Humana”, que considera a los humanos como seres dotados de un doble cerebro, primario ancestral, y secundario más evolucionado, de cuyo actuar combinado, muchas veces antagónico, depende la particular visión del mundo que cada uno de nosotros tiene, y cómo se comporta en él.

Vemos el mundo tal como nuestro doble cerebro nos permite, mucho de lo que nos parece íntimamente bien o mal, correcto o incorrecto, verdadero o falso, depende en gran medida de la participación de nuestro cerebro primario, sobre el cual sólo podemos influir en la parcial medida que nuestro cerebro secundario nos lo permita.

El poder ser más racionales, objetivos, libres de ataduras y prejuicios, depende entonces en parte de la fortaleza de nuestro cerebro secundario, la cual podrá expresarse en la máxima capacidad de su potencial genético, en base a una crianza familiar donde predominen esos criterios objetivos, a una educación de alta calidad, y al hecho de que nos toque vivir dentro de una organización social y cultural libre también de ataduras y prejuicios.

Tenemos así, dentro de la variabilidad infinita de “visiones del mundo” a que puede pertenecer cada persona, aquellos grupos de seres humanos que se inclinan más por una idea de dios y creación divina “un dios persona a la antigua, a imagen y semejanza del hombre, pero idealizadamente mejor”, y que reniegan fuertemente del valor de lo científico (aunque en general no de las comodidades tecnológicas). Al mismo tiempo, les resulta inadmisible la forma de pensar de quienes están en el otro extremo, los que niegan absolutamente la posibilidad de que un dios o varios siquiera existan, (al estilo de Richard Dawkins).

Entre ambas posturas, muchas personas toman lo mejor de cada una de las visiones anteriormente citadas, y logran mantener, en mayor o menor medida, una apreciación del mundo relativamente equilibrada y conciliadora.

La pregunta final -existe un dios creador (y/o no distinto de) el universo (o los universos), del cielo la tierra y el hombre, (o de varias tierras y varias humanidades)?, sequirá siendo sin duda objeto de debate permanente en nuestra historia terrena.

Cual es mi pensamiento personal sobre esto? Aún no he llegado a tener una convicción clara y definida, ni mucho menos definitiva.

Prefiero mantener una conducta espectante y abierta al desarrollo de los acontecimientos.

Cual sería, en todo caso, mi preferencia?

Que sí exista un Gran Dios, creador de todo lo creado, de lo que conocemos y lo que nos falta por conocer, y que sea al mismo tiempo gran hincha de aquellos hombres en que prevalece lo que se entiende por buenas intenciones, y sea especialmente gran hincha de aquellos hombres con gran espíritu humanista, aventurero, científico y tecnológico.

Jorge Lizama León.

Septiembre, 2010.


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