Capítulo 9: Sexualidad, segunda parte.

En esta segunda parte, intentaremos dar una nueva interpretación al problema del origen y expresión de las orientaciones, preferencias y materialización del impulso sexual, desde el punto de vista del origen general de todas las tendencias humanas, y su relación con la conciencia y autoconciencia.

Para su mejor comprensión, es necesario haber leido los capítulos previos, donde se presentan y analizan estos temas, a través de la interpretación que nos permite nuestra Teoría de la Conducta Humana y su base en el concepto del Doble Cerebro.

Dado que lo que acá se pretende es una caracterización absolutamente objetiva de la sexualidad humana, libre de todo mito, idealización, o prejuicio, en este análisis no tienen cabida las clasificaciones ni caracterizaciones tradicionales, las cuales precisamente por su limitada objetividad han tenido que ir siendo modificadas con el paso del tiempo, tanto en el ámbito de la patología psiquiátrica como en su evaluación social y moral. Sólo se tratará de realizar caracterizaciones del punto de vista objetivo de los efectos concretos, o sea, de los daños, los perjuicios, o las satisfacciones y beneficios que las distintas expresiones de la sexualidad pueden acarrear a los propios involucrados y a quienes los rodean.

Para cumplir este propósito de objetividad, recurrimos a nuestra Teoría de la Conducta Humana, cuyo origen está inspirado, entre otras fuentes, en el modelo evolutivo propuesto por Charles Darwin, cuyas ideas suscribimos en sus aspectos generales.

Así como ocurre respecto del resto de las demás tendencias que caracterizarán a cada persona, la tendencia o impulso sexual (y la distribución de sus orientaciones relativas, según veremos luego), resulta de la dinámica de la expresión, en su enorme variabilidad, de la carga genética y el desarrollo embrionario, de cada individuo, asociada en medida más limitada a la influencia del medio ambiente.

No es posible saber con certeza, aún, la naturaleza precisa de la participación de cada uno de estos factores, pero resulta muy probable que el conjunto de tendencias que caracterizarán a cada persona ya esté siendo determinado y establecido durante el desarrollo embriológico y fetal.

La influencia del medio probablemente tendrá una capacidad sólo moderadora o exaltadora de las potencialidades de cada individuo, según la dirección relativa de cada tendencia, dentro del espectro total que caracterizará a cada persona.

Por tanto, la distribución de estímulos que resultarán positivos, neutros o negativos para cada persona, tanto en la esfera sexual como en el resto de sus ámbitos, ya estará fundamentalmente definida cuando esa persona comience a “descubrirse”, proceso que comienza con el incio de la conciencia y auto conciencia (ver capítulo respectivo), generalmente desde los 3 a 4 años de edad, y que puede tomar un período largo y bastante variable.

Así, habrá personas que tendrán una autoconciencia muy detallada y clara en relación a sus tendencias tanto sexuales como no sexuales durante o al fin del segundo decenio, y otras a quienes les tomará más tiempo alcanzar esta madurez.

Esto último dependerá no sólo de la distribución de tendencias y orientaciones, y de la capacidad de autoanálisis per se de cada persona, (y por cierto de “autoengaño”, o lo que es lo mismo, la tendencia exagerada a la ilusión), sino que también de la circunstancia de que esa distribución de tendencias resulte más o menos contraria a la influencia del medio, y los valores que en él se promuevan como positivos.

Es en este proceso de “autodescubrirse” que cada persona va “sintiendo” que determinado estímulo le resulta agradable o desagradable, atractivo o repulsivo, y al mismo tiempo va confrontando su propia realidad con las presiones ambientales respecto de lo que es “normal”.

Si lo que le resulta atractivo y/o agradable es aquello respaldado por el medio familiar y social como una tendencia positiva y conveniente, ello se verá reforzado. Si por el contrario, la persona va descubriendo en sí misma tendencias contrarias al medio, podrá reaccionar frente a esto con una variedad de respuestas, habitualmente de ocultamiento, en una forma que puede ser más o menos mantenida o que puede variar en el tiempo.

La forma de reaccionar de cada persona, cuando sienta confrontado su sentir con lo que su entorno considera apropiado, conveniente y “normal”, dependerá de una enorme multiplicidad de factores.

Desde luego, de la particular distribución de todas sus tendencias, de cuan alejada resulte la “tendencia problema” en particular, de la “normalidad”, y de factores circunstanciales que pueden provocar “exabruptos” puntuales, más o menos involuntarios. Por ejemplo, una persona tímida, sumisa, que se cuida mucho de tomar ningún riesgo, y que sufre intensamente con la alternativa de que cierta reprobable tendencia suya pudiera ser conocida, muy probablemente hará importantes esfuerzos para mantenerla oculta. Si esa tendencia es por ejemplo a la homosexualidad, será una persona que tardará muchos años en “salir del closet”, o tal vez incluso no lo haga nunca, optando por una vida completa de “simulada y falsa normalidad”.

Por el contrario, si esa misma tendencia a la homosexualidad aparece en una persona más decidida y temeraria, se dará el caso de que mucho más pronto que tarde, esa persona se encargará de que su realidad sea conocida.

Según veremos más adelante, también participa como factor de más precoz o tardía divulgación, la intensidad con que esté presente la “tendencia problema”, sea cual sea ésta, y la intensidad del rechazo que el medio le presente.

Debemos resaltar en este punto de nuestro análisis algunas consideraciones importantes que comienzana asomar en base a lo anterior.

A través del fenómeno del desarrollo de la conciencia y la autoconciencia, ocurre que el cerebro secundario, con una progresiva capacidad de análisis crítico, inicia el proceso de confrontar aquellas sensaciones, sentimientos, deseos, rechazos, etc, que, cargados de emocionalidad, provienen del cerebro primario, y obligan a la persona a auto examinarse, con mayor o menor rigor, según cada caso en particular.

Si en este proceso comienzan a aparecer tendencias “confrontacionales” respecto del cerebro secundario, ello provocará un “autodescubrimiento” que podrá ser más o menos traumático, y estarán dadas las condiciones para que esa persona esté destinada a una vida cargada de conflictos interiores, que podrán tener mejor o peor resolución. Esta vivencia, el “encontarse a uno mismo”, el “buscar el propio destino”, el “poder reconciliarse (o no) con uno mismo”, ha sido mostrada de muchas y variadas maneras a través de la historia humana en innúmeras expresiones artísticas de todo tipo.

Desde luego literarias, teatrales y de cine, entre otras, que se encargan de recordarnos una tozuda realidad que insiste en harcerse patente por mucho que algunos pretendan negarla: es el hecho de que nuestras inclinaciones, en lo fundamental, no son materia de nuestra libre voluntad, o “libre elección”, sino que son materia de ser “encontradas” y/o “descubiertas”, pues vienen ya definidas.

Incluídas por cierto, entre la multiplicidad de tendencias de nuestro cerebro primario, se encuentra nuestro impulso sexual, respecto del cual iniciaremos a continuación un trabajo de caracterización lo más objetivo posible.

En la medida que va creciendo, la persona va “descubriendo” sus inclinaciones, y en la medida que estas concuerden con lo socialmente aceptado, podrá incorporarse natural y fácilmente a las filas de la “mayoría normal” de la población, concepto que analizaremos a continuación.

Si la persona empieza a “descubrir” que sus gustos e inclinaciones en materia sexual y/o en otros ámbitos relacionados no encajan en ese esquema “normal”, comenzará primero por disimular para que sus inclinaciones no sean advertidas por los demás.

Entrará en conflictos internos de mayor o menor intensidad, y/o saldrá a enfrentar al mundo, más temprano o más tarde, dependiendo todo ello de su conformación cerebral primaria-secundaria total, donde van incluídas todas las determinantes de la conducta, tanto la parte preprogramada e instintiva (cerebro primario), como la no programada (cerebro secundario, que incluye la parte racional y la influencia de la educación, y en general del entorno familiar y social). El debate persistente respecto de lo que es y no es “moralmente aceptable” en cuanto al sexo, tema en el que sin duda habrá siempre múltiples opiniones, deriva habitualmente en el intento de realizar clasificaciones o “encasillamientos” de los seres humanos y sus conductas sexuales, distinguiendo lo “normal” de lo “anormal”, lo “sano” de lo “patológico”, lo “moral” de lo “inmoral”. etc. Estas clasificaciones tan esquemáticas no son más que un recurso errado al que se acude para tranquilizarnos en cuanto a la reconfortante sobresimplificación que nos brinda el poder autocalificarnos (o auto encasillarnos, aunque sólo sea ante los ojos ajenos) como “normales, sanos, y morales”.

Muchas personas, viéndose presionadas, familiar y socialmente, deben aparentar el pertenecer cabalmente a esta categoría “normal”, aunque en su interior puedan estar sintiendo y pensando de modo muy diferente, pero sin poder admitirlo públicamente.

Esto me recuerda un ejemplo bastante demostrativo sobre el concepto colectivo de “normalidad”.

En el informe del clima, que por algún motivo se llama “del tiempo” en nuestro país, presente diariamiente en la televisión, muchas veces se realiza la comparación entre la cantidad de lluvias de la presente temporada y la de un “año normal”.

Esta es una distorsión de la realidad utilizada con miras a realizar una comparación simplificada respecto de otros años, puesto que de hecho se está aludiendo a la cantidad promedio de lluvias que ha habido en un largo número de años pasados, todas de distinta magnitud.

Así, el número de años en que ha llovido una cifra muy cercana o igual a ese promedio es bastante menor que lo que cualquiera pensaría. O sea que los “años normales” son probablemente muchos menos que los “anormales”.

En la sexualidad pasa algo bastante parecido.

Tal como hemos expresado anteriormente, una de las características más salientes del ser humano es la extrema variabilidad en la conformación y expresión del binomio cerebral primario-secundario, y por cierto la sexualidad no escapa a esta realidad. (Variabilidad que lleva a multiples conformaciones en las distintas personas, pero cuyo componente cerebral primario no variará a lo largo de la vida de cada individuo en particular, según hemos precisado en capítulos anteriores).

Desde este punto de vista no debe extrañarnos entonces la aparición de los más diversos grupos y subgrupos de personas con las más diversas combinaciones de orientaciones sexuales, aunque la determinación exacta de los mecanismos que originan este fenómeno aún esté pendiente.

Porqué me refiero a combinaciones de orientaciones, y no simplemente a “orientacioens sexuales”?

Respecto de esto, debo puntualizar que, a diferencia de lo habitualmente aceptado, es mi convicción que en los seres humanos no existen determinadas orientaciones sexuales específicas y puras, como muchas veces tratamos de clasificar, encasillar, separando lo “normal” de lo “anormal”.

Así, no existen, por ejemplo, heterosexuales u homosexuales puros y absolutos, sino que en cada persona coexisten, en distinta proporción, determinadas “intensidades” en la orientación sexual hacia personas del sexo opuesto, del propio sexo, de determinados rangos de edad, o hacia objetivos más extraños y de más difícil interpretación, como niños y/o niñas de corta edad, animales, objetos inanimados, figuras representativas de distintas ideas o conceptos, etc etc, en una asociación compleja con otras tendencias, como a la dominación (poder), al sometimiento, a la violencia, etc., todo lo cual conforma una variedad enormemente asombrosa y desconcertante a primera vista.

Podemos entonces observar que hay muchas personas en las que existe una orientación claramente predominante o muy predominantemente hacia el otro sexo, quedando incluídos en este grupo la gran mayoría de las personas habitualmente encasilladas como “normales”.

El grupo fundamentalmente homosexual estará entonces constituído por personas que tienen una orientación predominante o muy predominante hacia el propio sexo.

Los bisexuales, por su parte, serán personas en que coexisten, en forma más o menos equilibrada, orientaciones hacia ambos sexos. (O en que se agrega un componente muy importante de hipersexualidad, según veremos a continuación).

Debemos, también, distinguir a las personas según sea la intensidad de su impulso sexual, el cual, por cierto, puede llegar a ser muy diferente de una persona a otra influyendo con singular fuerza en su conducta, e interviniendo también en la expresión de las orientaciones antes descritas.

Así, tenemos factores de tipo biológico, metabólico, de actividad hormonal, etc, que, entre otros probablemente, determinarán el ritmo sexual de cada persona, pudiendo éste ser de intensidad alta, media o baja, el cual se manteniene sin mayor variación durante gran parte de la vida adulta del individuo. (Lo cual no significa que la conducta de la persona mantenga permanentemente una actividad concordante en los hechos).

Estos impulsos biológicos presionan a la persona para que ésta les brinde rienda suelta en su materialización, y los caracterizaremos como la influencia del cerebro primario en la conducta de ese individuo.

Esta influencia primaria en muchos casos se enfrenta (en otros no, por cierto) con una oposición franca por parte del cerebro secundario, que por motivos de racionalidad, formación moral y/o religiosa familiar, de educación formal, adoctrinamiento, etc, da una verdadera lucha por inhibir esas materializaciones. (Lucha, que, a su vez, estará en el origen de una serie de expresiones de conflictos psíquicos diversos, que a través de la historia y dependiendo de la disciplina o escuela que a ellas se haya abocado, han sido categorizadas como neurosis, psicopatías, desordenes psiquiátricos con componentes compulsivos, adictivos, maníacos, fóbicos, etc, etc).

Así, existirán casos en que una determinada intensidad y orientación del impulso sexual pueda ser manejada más o menos adecuadamente por la persona, y otros, en que ésta sufrirá importantes conflictos como resultado de una oposición franca entre estos elementos, y aún otros, en que la persona finalmente dará vía totalmente libre a una conducta desenfrenada y promiscua.

Así, desde el punto de vista estricto de la intensidad del impulso sexual de cada persona, nos encontramos en un extremo del espectro con algunos seres humanos que tienen una intensidad y ritmo sexual espontáneo bastante lento: son los hiposexuales. Se trata de personas que en general no se apremian mayormente por urgencias relativas a este tema, y que tienen un ritmo bastante espaciado de actividad sexual. Siguiendo una distribución estadística típica, una mayoria de las personas tendrá un ritmo sexual ni muy lento ni muy rápido, otra vez, fácilmente caracterizable como “normal”.

Para no sujetarnos a este esquema, que como hemos visto, solo nos lleva al error, los denominaremos “promediosexuales”. Al otro extremo están los más apasionados, vigorosos, y “necesitados” (de ambos sexos), también llamados popularmente “donjuanes, ninfómanas”, etc, de entre una multiplicidad de apelativos que vienen a denotar el impacto que estas personas producen en quienes llegan a conocerlos más o menos de cerca, o íntimamente. A ellos los denominaremos hipersexuales.

Tienen un ritmo biológico extremadamente acelerado, son amantes compulsivos, a tal punto que en muchos aspectos finalmente pasan a ser más víctimas que favorecidos con su condición. (Maridos y esposas infieles, con convivencias familiares traumáticas, sufrimientos y violencias de mayor o menor cuantía, etc, etc, caracterizan su típica realidad cotidiana).

Por cierto siempre será discutible el valor intrínseco y relativo de “lo comido y lo bailado”, a los ojos de distintos “observadores”.

En este punto resulta necesario insistir, una vez más, que de acuerdo al concepto de variabilidad infinita del binomio cerebral primario-secundario, el espectro que agrupa a los 3 grupos que hemos caracterizado acá no tiene divisiones netas, sino que es contínuo. En otras palabras, no existe una separación cualitativa entre hipo, promedio e hiper-sexuales, sino que hay una distribución cuantitativa contínua, integrada por la multitud de fuerzas relativas en todos y cada uno de los rasgos que analicemos, que para este caso en particular, es el del ritmo y vigor del impulso sexual. De esta distribución continua, hemos destacado como ejemplos relevantes a aquellas personas de los extremos y del medio de esta curva, que probablemente sigue la forma típica de una curva de Gauss, con una mayoría de personas del tipo promedio-sexual.

Cual es el origen y participación exactos de los distintos factores (genéticos, embriológicos, dependientes del medio ambiente, etc), que determinan por una parte cuales tendencias y orientaciones (sexuales y no sexuales) caracterizarán a una persona, y cual será el ritmo e intensidad del impulso sexual en cada individuo, son preguntas para las cuales la neurociencia, la biología, la medicina, la psicología y la psiquiatría, de entre la variedad de disciplinas que se dedican a estos temas, aún no tienen respuestas definitivas, pero en cuya investigación ya se comienzan a avizorar explicaciones científicas coherentes.

Como ejemplo, debemos citar a la epigenética, ámbito en el que se estudian los procesos relacionados con los mecanismos de control en la expresión del código genético.

En este campo se investiga la participación de sustancias capaces de estimular o inhibir la expresión de determinados genes, con importantes grados de variabilidad de un individuo a otro. Son especialmente interesantes los estudios realizados en gemelos idénticos, cuyo código genético, (a pesar de ser exactamente igual), no resulta en una expresión idéntica del espectro de tendencias que caracterizarán a esos gemelos. Este campo de investigación es especialmente prometedor, pues nos podría proveer una explicación concreta de los mecanismos que determinan la expresión tan variada del código genético en los distintos individuos, haciendo más racional y lógica la ocurrencia de casos que hasta ahora nos resultaban difíciles o imposibles de comprender.

De este modo, dada la participación de estos procesos epigenéticos, hoy motivo de intenso estudio, es posible que lleguemos a explicarnos con claridad la ocurrencia del fenómeno de la variabilidad extrema en la expresión genética durante el proceso embriológico.

Así, podemos plantear como muy probable, que la incorporación en cada individuo de todo un espectro de tendencias primarias, (que lo caracterizarán toda su vida) obedecerá a la participación de todos estos factores, y, entre las tendencias sexuales, podremos observar una enorme variedad de combinaciones. En base a la participación, entonces, de factores tanto genéticos como epigenéticos, podríamos llegar a explicarnos la existencia, por ejemplo, de aquel muy escaso número de personas, en que hay una completa indefinición sexual, tanto biológica como mental (sexos ambiguos, hermafroditas), pasando por casos en que ocurre una definición opuesta biológico-mental (transexuales), y subvariedades de combinaciones (más numerosas) de orientaciones simultáneas con distinto grado de intensidad, que producen una probable mayoría de individuos fundamentalmente heterosexuales, pasando por un número de bisexuales, y llegando en el otro extremo a un número de personas fundamentalmente homosexuales.

Indudablemente tienen cabida acá el sinnúmero de variedades y subvariedades conocidas através de la historia humana, con tendencias y expresiones sexuales y parasexuales en que, entre muchos otros, aparecen los sadomasoquistas, voyeristas, exhibicionistas, onanistas-fantasistas, fetichistas, frotistas, pedófilos, necrófilos, zoófilos, etc, etc.

A este respecto, es interesante revisar los contenidos y el cambio en el tiempo que han tenido las clasificaciones de las patologías psiquiátricas, directa e indirectamente relacionadas al sexo. Resulta notable que hasta hace pocos años tanto la homosexualidad como la transexualidad estaban incluídas oficialmente en el listado de enfermedades mentales.

Se han realizado distintos estudios para observar la distribución demográfica de las orientaciones sexuales, por ejemplo a traves de encuestas telefónicas masivas, pero sus resultados, que dan abrumadoras mayorías para los heterosexuales, han sido muy discutidos, precisamente por el sesgo que impone la presión social, haciendo que muchos oculten sus verdaderas inclinaciones.

Con todos estos antecedentes, prefiero definir a las personas, en función de su orientación sexual, como “fundamentalmente” heterosexuales u homosexuales, o con ambas balanceadas, o sea, bisexuales. También se podría usar el término “preferentemente”, por ejemplo, preferentemente heterosexual, sin embargo, es mejor reservar el término preferencia para la elección que realiza un individuo al concretar una determinada conducta sexual de entre aquellas materialmente disponibles en una determinada circunstancia, la cual no necesariamente es la “ideal” o “más preferida”, para esa persona.

Esto explica mejor porqué, estando disponibles múltiples oportunidades y tipos de materialización de conducta sexual, el sujeto tenderá más a realizar aquello para lo cual está más inclinado, y menos, a las demás.

Un ejemplo muy reconocido y estudiado, que en base a esta reflexión podemos comprender más fácilmente, es el de que en circunstancias de confinamiento (institutos educacionales segregados por sexo, cárceles, institutos militares, etc), las personas son capaces de variar con mayor o menor facilidad su conducta sexual fundamental, realizando por ejemplo actividad homosexual sólo durante el período de “reclusión”, y regresando a su actividad “propia” al volver a la vida social abierta. (Sin duda el hipersexual tendrá mayor necesidad de realizar prontamente la actividad sexual que su organismo le pide, y frente a las opciones disponibles, le costará menos “alejarse” de sus orientaciones preferidas, dado que la satisfacción de su urgencia sexual será prioritaria).

En resumen:

Como hemos sostenido previamente, y al igual que las demás tendencias, las tendencias sexuales del ser humano vienen preprogramadas en el cerebro primario, y por tanto, no son materia de “libre decisión” por parte del individuo.

Su expresión en conducta sexual concreta y en declaración pública en cuanto a orientación sexual dependerá de las circunstancias sociales, si éstas son más o menos permisivas.

En aquellas sociedades más conservadoras resultará mucho más dificil admitir públicamente tendencias sexuales no aceptadas, tanto más cuanto mayores sean los castigos, de todo orden, que esas “transgresiones” impliquen.

Por esta misma razón, dado que existen las conductas sexuales clasificadas socialmente como “normales”, y resulta bien visto pertenecer a ese grupo de seres humanos, da la impresión de que los heterosexuales “puros” fueran la abrumadora mayoría de la población, cuando en realidad las personas “muy fundamentalmente heterosexuales” deben ser menos de lo que suponemos y estamos dispuestos a aceptar.

Toda la diversa gama de subvariedades en las tendencias sexuales existentes, muchas de las cuales aparecen sólo en ambientes “underground”, o en expresiones declaradas abiertamente ilegales en muchas sociedades, responden a la existencia de la gran variedad de conformaciones cerebrales (primario-secundario) del ser humano, mostrándonos más objetivamente cómo somos en realidad.

La influencia del medio ambiente puede entonces moderar o modificar, o incluso anular, tanto la expresión pública de una determinada orientación sexual, como su concreción material, aunque esto sin duda mucho menos efectivamente que lo primero.

Lo que no puede, es eliminar de nuestro cerebro primario las tendencias con que éste viene preprogramado.

Consideraciones finales:

En el mundo comienza a prevalecer cada vez con más fuerza la idea de que la orientación sexual es algo con lo que “se nace”, y que el hecho de no ser heterosexual no constituye necesariamente una patología. Esto a pesar de que siempre existen grupos ultraconservadores que preferirán relacionar estas “desviaciones” con la enfermedad, la anormalidad, y/o el pecado.

Me parece que la interpretación de la sexualidad humana como expresión de la enorme variablidad de la conformación del binomio cerebral primario-secundario, es más objetiva y coherente con la realidad, que aquella interpretación más idealizada y “pura” que tradicionalmente se ha utilizado, probablemente con miras a incorporar un elemento “educativo” y “normalizador” en la enseñanza de estos temas, de por sí complicados de tratar, especialmente con los jóvenes, para muchas personas.

No deseo terminar esta refexión sin aludir a un grupo de personas que constituyen un problema y desafío social de la más alta complejidad: los pedófilos.

Esta subvariedad de tendencia sexual extrema es especialmente compleja de comprender y tratar.

Los pedófilos, que sin duda constituyen un peligro para la sociedad, más allá de que estemos o no de acuerdo en clasificarlos como “variedad” o franca patología, son capaces de provocar importantes daños y sufrimientos, que sin duda deben ser prevenidos y evitados.

Estas personas son un ejemplo de la existencia de tendencias especialmente extremas y poderosas, frente a las cuales no ha tenido éxito real ningún procedimiento, médico o de otra naturaleza, con miras a su prevención o a su rehabilitación.

Las distintas sociedades han tratado este problema con los más diversos medios, herramientas y mecanismos, todas con muy baja o nula tasa de resultados positivos.

El lograr desincentivar o contener efectivamente el accionar de los pedófilos es aún una tarea pendiente.

Esto es una demostración muy clara del hecho de que estas tendencias están “grabadas a fuego” en los cerebros primarios de estas personas, y por tanto, a falta de una tecnología capaz de modificar en forma selectiva la raíz de esta programación, seguiremos, quizás por mucho tiempo, logrando poco éxito en la prevención de estos delitos.

Finalmente, debemos realizar algunas precisiones sobre la categorización y/o calificación, como compulsivas o adictivas de ciertas conductas sexuales (que en realidad muchas veces no son más que la expresión de individuos hipersexuales) y que han sido relacionadas con sus equivalentes no sexuales en el estudio de las patologías o desórdenes psiquiátricos. Entre ellas, la adicción al juego de apuestas, y en general las adicciones a, y dependencia de, sustancias del tipo del alcohol, la nicotina y otras drogas.

Sin pretender entrar aún a analizar estos temas, que sin duda serán objeto de más de un capítulo en un futuro, espero cercano, debo adelantar que resulta necesario tomar distancia, una vez más, de los encasillamientos precipitados.

Respecto de estas manifestaciones del comportamiento humano, el definir las fronteras entre lo patológico y lo sano, entre la causalidad que relaciona una tendencia con un efecto nocivo, entre la existencia de una tendencia que lleva a una enfermedad, o una variación o alteración genética que puede estar manifestándose como una tendencia, una conducta que podamos llamar adictiva o compulsiva, o el distinguir claramente una tendencia determinada de una conducta concreta, que se realiza sólo por ser la opción disponible, pero no la idealmente deseada, son todas situaciones sobre las que resulta difícil acertar con precisión, y por el contrario, resulta fácil llegar a conclusiones tan rápidas como equivocadas.

Esto ha sido especialmente cierto en el pasado, se mantiene en importante medida aún hoy, y persistirá mientras debamos seguir a la espera de que el progreso científico en el ámbito de la neurociencia y disciplinas relacionadas, nos permita aclarar en forma precisa y acabada, los mecanismos exactos que determinan la fascinante, y al mismo tiempo desconcertante, conducta humana.

Jorge Lizama León.

Santiago, junio 2009.


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