Capítulo 8: Sexualidad, primera parte.

Toda la vida del humano está impregnada de sexualidad. Por momentos esta impregnación puede expresarse sólo en pequeños detalles y sutiles conductas, y en otros manifestarse de modo avasallador y/o extremadamente violento.

La sexualidad está siempre presente en el subconciente de las personas, y muchas veces en el conciente, en la medida que aparezcan los estímulos apropiados para el sujeto en cuestión. (De lo que deducimos que dado que las personas son todas distintas, los estímulos que son muy poderosos para unos, no lo son mucho o casi nada para otros, cuando no provocan directamente rechazo, de mayor o menor magnitud, en los demás, en un abanico completo que es concordante con nuestra poderosa Teoría del Doble Cerebro, y la infinita variabilidad que a través de ella hemos definido para el ser humano en los capítulos anteriores).

Es capaz de influir poderosamente en el comportamiento humano, y muy especialmente en aquellas personas que tienen (o sufren) un acelerado ritmo sexual, a quienes en un próximo capítulo caracterizaremos como hiper-sexuales, y menos en los promedio-sexuales y los hipo-sexuales. (Nos abstendremos en lo posible de utilizar conceptos como “anormales-normales” o “anormalidad-normalidad”, ya que, según veremos próximamente, son conceptos meramente facilitadores que llevan al engaño y por tanto conducen a análisis incorrectos).

Las expresiones de la sexualidad son múltiples, aparecen en toda actividad y ámbito del sentir y del quehacer humano. Desde luego en la forma de vestirse, de adornarse, en la atención con que se cuida una determinada imagen, en la forma de comunicarse, en las actitudes, en el lenguaje, en la expresión de opiniones sobre cualquier tema, en el reforzamiento u ocultamiento de los caracteres sexuales biológicos, tanto primarios como secundarios, etc, etc.

La sexualidad, proveniente directamente de nuestro cerebro primario, es uno de los motores más poderosos que influyen en nuestra conducta, y está ligada a nuestras emociones en forma absoluta, a un punto que puede alcanzar tal intensidad que resulta difícil describirlo con palabras.

Tanto así, que aquellas situaciones en las que las necesidades sexuales se ven satisfechas en gran medida, brindan al sujeto grandes dosis de felicidad y/o profundo bienestar. Por el contrario, cuando esas necesidades no son satisfechas, nunca, casi nunca o muy poco, son capaces de provocar sentimientos de enorme frustración, desdicha, infelicidad, severas depresiones, violencias, sufrimientos propios y ajenos, etc, etc.

No nos debe extrañar que el impulso sexual sea tan poderoso, tanto en animales como en humanos, pues constituye el mecanismo natural que pretende asegurar la supervivencia y desarrollo de cada especie.

Tan poderoso es este “motor primario”, que puede llevar a una persona a perder toda racionalidad en su conducta, pudiendo darse casos extremos (aunque frecuentes), en que el cerebro primario llega a ser capaz de “secuestrar” al cerebro secundario, para ponerlo al servicio de sus propias necesidades, y generar en el individuo conductas absolutamente incomprensibles para quienes lo rodean. (Sobran ejemplos de esto. Algunos, muy llamativos, están presentes en http://conductahumana.blogspot.com como Artículos Relacionados).

La actividad sexual está en el humano muchas veces (aunque por cierto no siempre) directa y profundamente asociada al concepto del amor, el compromiso y la pertenencia mutua, desde un punto de vista idealizado en que se concibe esa armonía como la expresión más elevada de la felicidad de la pareja.

Sin duda, a la luz de las consideraciones anteriores, debemos hallar al menos algún asidero a quienes majaderamente insisten en que el amor de pareja y especialmente el “enamoramiento” conllevan una alta dosis de irracionalidad.

Dado que el Amor (y la tendencia a la Idealización) serán con toda seguridad objetos centrales en futuros capítulos, permítasenos, por ahora, dejar tranquilo a este tan permanente, tan manido, y tan vapuleado tema.

La sexualidad está, junto con lo anterior, muy asociada a los conceptos de “moral y buenas costumbres”, y provoca en los grupos humanos y en la sociedad en general intensos debates respecto de la corrección o incorrección de los distintos modos en que se expresa y materializa.

Se le liga directamente también a la culpa, como herramienta para “enrielar” a las personas en cuanto a su conducta sexual “por el buen camino”, apartándolas del “malo”.

Toda transgresión a estas normas, expuesta en público, puede ser motivo de profunda verguenza, e incluso de la condena social oficial (judicial), hecho que provoca que muchas conductas sexuales sean intensamente “protegidas” del conocimiento de terceras personas. (En este punto resulta oportuno revisar el capítulo previo titulado La Culpa, donde se hace mención de los macanismos de protección existentes en los grupos humanos primitivos, sobre jerarquización, responsabilidades y derechos de los integrantes, incluídos los de apareamiento).

La concepción que sobre la sexualidad “apropiada, correcta, normal, moral, debida, sana” han tenido las distintas sociedades humanas a través de la historia ha sido extraordinariamente cambiante. Lo que en determinada época y lugar era enfermedad, aberración, anormalidad, pecado, perversión, parafilia, alteración psiquiátrica, etc., ha ido progresivamente tomando el carácter de “variedad, alternatividad, preferencia, opción de minorías”, etc, etc, especialmente en los países occidentales más liberales, durante los últimos decenios. Sin embargo, en muchos lugares de la tierra, aún hoy, se mantienen e imponen criterios extremadamente conservadores, sobre todo en algunas sociedades muy religiosas.

Las consideraciones precedentes tienen por objeto caracterizar de modo general y breve la vivencia y la expresión de la sexualidad humana, con el fin de situarnos en un contexto apropiado para poder entrar a hurgar más profundamente en el análisis de su origen y materialización concreta, y por tanto, los temas más candentes relacionados con ello, incluídas las tendencias y preferencias sexuales. Espero poder avanzar con diligencia en estos delicados temas con miras a poder incluirlos, relativamente luego, en un próximo capítulo.

Jorge Lizama León.

Santiago, Mayo 2009

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